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miércoles, 21 de agosto de 2013

El diario de Ana Frank

Ana Frank. Fuente de la imagen



Título:  El diario de Ana Frank
Autor: Ana Frank
Género: diario/literatura europea
Primera edición: 1947, con el título Het Achterhius (La casa de atrás). 

Edición comentada: Debolsillo, 2002. 

No me resisto a comenzar este artículo con las palabras de John F. Kennedy sobre Ana y su diario: “De entre los muchos que, a lo largo de la historia, han hablado en nombre de la dignidad humana en tiempos de sufrimiento y muerte, no hay ninguna voz que tenga más peso que la de Ana Frank.”
Pero El diario de Ana Frank no es sólo un libro de un incontestable valor humano, sino también de una honda belleza. La joven autora lo escribe entre los trece y quince años de edad, y lo hace con humildad e inocencia irreprochables, así como con una extraordinaria sensibilidad. De hecho, Ana me recuerda mucho a esos personajes femeninos de Carmen Laforet, habitantes de un mundo en el que la mediocridad del entorno deja poco margen de acción a los jóvenes más idealistas. Así, las maravillas que alberga el diario son las maravillas que habitaban el espíritu adolescente de su autora: ideales y preocupaciones fácilmente reconocibles por todos los jóvenes del mundo.

martes, 13 de agosto de 2013

Michael Gold y los judíos pobres del East Side

Portada de Judíos sin dinero, de Michael Gold (Fénix, 1933)



Título:  Judíos sin dinero
Autor: Michael Gold
Género: Novela/literatura judía
Primera edición: Fénix, 1933

Edición comentada: Ediciones Siglo XX, Buenos Aires, 1975. Traducción de Margara Villegas. 

MICHAEL GOLD Y LOS JUDÍOS POBRES DEL EAST SIDE

Francisco Rodríguez Criado


La inmigración ha sido siempre uno de los temas más recurrentes de la literatura judía. No podría ser de otra manera: en la historia moderna el pueblo judío no tuvo una tierra propia a la que considerar su hogar hasta la creación del estado de Israel en 1948; de ahí que, sentenciados al exilio desde tiempos bíblicos, se hayan visto obligados a subsistir en países donde, en la mayoría de los casos, no pasaban de ser ciudadanos de segundo orden. La importante comunidad judía consolidada hoy en América, en gran parte oriunda de Europa, asentó sus raíces al otro lado del Atlántico principalmente en el periodo comprendido entre mediados del siglo XIX y finales del segundo decenio del XX. Después de la Primera Guerra Mundial Estados Unidos experimentó un retroceso voluntario en la cuantía de recepción de inmigrantes, fruto de un sistema de cuotas nacionales que tuvo su pico más bajo a las puertas de la depresión económica del 29. “En 1925, debido a las cuotas prefijadas, se produjo un parón de la inmigración masiva, pero en 1927 había ya en Estados Unidos 4,2 millones de judíos (el 3,6 % de la población total), con 3.100 comunidades[1]”. Las oleadas de antisemitismo mermaron poco a poco la entrada de los inmigrantes judíos. Son numerosos los testimonios en letra impresa de escritores judíos –de origen europeo o no– que narran su infancia en su nuevo país de adopción, al que se desplazaron junto a sus familias empujados por el deseo de realizar el sueño americano o, desde planteamientos más modestos, de encontrar un trabajo y un techo. Llámalo sueño, de Henry Roth, es uno de los títulos más representativos. (Roth no volvió a publicar ningún otro libro hasta cincuenta años después). Otra obra imprescindible, ahora en el olvido pese al notable éxito que obtuvo en los años 30 del pasado siglo, es Judíos sin dinero, del escritor, periodista y activista político Itzok Isaac Granich (1893–1967), más conocido como Michael Gold, pseudónimo que adoptó en 1920 durante los Palmer Raids[2]. A medio camino entre la novela y la autobiografía, Judíos sin dinero es, sin alcanzar el nivel literario de Llámalo sueño, un completo muestrario de los obstáculos que padecieron las primeras generaciones de inmigrantes judíos en Estados Unidos. Aunque nacido en Nueva York al igual que sus dos hermanos menores, Michael Gold, en su condición de hijo de inmigrantes húngaros, tuvo la sensación desde sus primeros años de vida de no ser americano sino judío, como si “americano” y “judío” fueran conceptos excluyentes.