miércoles, 21 de agosto de 2013

El diario de Ana Frank

Ana Frank. Fuente de la imagen



Título:  El diario de Ana Frank
Autor: Ana Frank
Género: diario/literatura europea
Primera edición: 1947, con el título Het Achterhius (La casa de atrás). 

Edición comentada: Debolsillo, 2002. 

No me resisto a comenzar este artículo con las palabras de John F. Kennedy sobre Ana y su diario: “De entre los muchos que, a lo largo de la historia, han hablado en nombre de la dignidad humana en tiempos de sufrimiento y muerte, no hay ninguna voz que tenga más peso que la de Ana Frank.”
Pero El diario de Ana Frank no es sólo un libro de un incontestable valor humano, sino también de una honda belleza. La joven autora lo escribe entre los trece y quince años de edad, y lo hace con humildad e inocencia irreprochables, así como con una extraordinaria sensibilidad. De hecho, Ana me recuerda mucho a esos personajes femeninos de Carmen Laforet, habitantes de un mundo en el que la mediocridad del entorno deja poco margen de acción a los jóvenes más idealistas. Así, las maravillas que alberga el diario son las maravillas que habitaban el espíritu adolescente de su autora: ideales y preocupaciones fácilmente reconocibles por todos los jóvenes del mundo.
Ana Frank anotará a lo largo de sus páginas los pormenores de su vida cotidiana en compañía de otras siete personas (entre ellas sus padres y su hermana), con las que se ve obligada a convivir en un refugio al que denomina la Casa de atrás y en el que se ocultan de la persecución nazi. Hay momentos en el diario de Ana en los que el aislamiento de los ocho refugiados –y siempre a través de la conciencia de nuestra escritora– llega a hacerse exasperante y angustioso incluso para el propio lector. Pero, en general, Ana escribe sobre las cuestiones que suelen preocupar a una chica de su edad, aunque complicadas con la singular circunstancia en la que debe vivir durante dos años en los que esa convivencia forzosa no siempre se hace fácil. Así compartirá con el lector sus pensamientos y sentimientos, sus sueños y esperanzas, pero, por encima de todo, su irrefrenable anhelo de libertad. Y lo hace con una sencillez tan admirable y enternecedora como demuestran estas palabras: “¡Ay, Kitty, hace un tiempo tan bonito! ¡Cómo me gustaría salir a la calle!” (Extracto del texto anotado el 9 de mayo de 1944. Kitty es el nombre que le da a su diario).

El diario de Ana Frank podría haber sido un diario mediocre, incluso cursi; pero Ana es una niña inteligente, sensible y lúcida, capaz de expresar con tal naturalidad sus emociones que llega al corazón del lector sin retórica ni subterfugios. Incluso podríamos decir que nos coge desprevenidos. Pero, sobre todo, es el contraste –insoslayable, a no ser que el lector ignore de antemano la biografía de Ana y el hecho de que su vida se verá truncada antes de tiempo– entre las esperanzas y el trágico destino de la autora el que mueve al lector a una sincera compasión por ella, al tiempo que desearía –inútilmente, claro está– hacer lo que estuviese en su mano para remediar tan injusta situación. Y es que no es posible leer su diario sin tener en cuenta que Ana Frank morirá de tifus en un campo de concentración a la edad de quince años, pocos meses después de que los escondidos en la Casa de atrás fueran descubiertos y detenidos, y sin ver cumplidos ninguno de sus sueños. Quizá por eso la lectura de su diario emociona a la par que nos conciencia de los estragos de la guerra y el odio incomprensible entre los hombres.  
El diario, ciertamente, tiene un trasfondo emotivo, como lo es la historia de Ana en sí. De hecho, todo lo relacionado con ella está envuelto en una especie de épica sentimental y maravillosa capaz de despertar, generación tras generación, un vivo interés por su vida y por todo cuanto la rodeó.
La historia de esta niña es terrible, y el encanto de su carácter la hace (a la historia me refiero) más terrible aún a los ojos del lector; pero, a la vez, ese mismo temperamento logra que su vida, su personalidad y, por supuesto, su mensaje trasciendan más allá de la mezquindad y de la locura de algunos, para dotar a toda su existencia de un aura mítica (sin parecer exagerada) e imperecedera. Así, la mera existencia real de esta niña y la de su mensaje parecen conformar una rosa de vida inmarcesible en medio de un desierto de destrucción e insensatez.
El hecho de saber que esta historia es real y que alguien la vivió con plena conciencia (la propia Ana), dejando constancia de ella por escrito, la hace aún más turbadora para el lector. Ana, a pesar de la tristeza y el pesimismo que la invaden en muchos momentos de esos dos años y varias semanas en que permaneció recluida, mantiene su fe en la humanidad y en la belleza del mundo; incluso hay momentos en los que el optimismo que derrocha es tan grandioso como conmovedor. Al mismo tiempo, sin embargo, la autora es consciente de que, por “razones” que no puede comprender del todo –quizá porque son tan absurdas que no sólo son incomprensibles, sino que tampoco son razones–,  le están privando de algunos de los que podrían haber sido los mejores años de su vida.
Finalmente, morirá en el campo de concentración de Bergen-Belsen, llevándose con ella las esperanzas que tenía puestas en su vida futura (deseaba ser periodista y escritora). "Cuando escribo se me pasa todo, mis penas desaparecen, mi valentía revive. Pero entonces surge la gran pregunta: ¿podré escribir algo grande algún día? ¿Llegaré a ser periodista y escritora? ¡Espero que sí, ay, pero tanto que sí! Porque al escribir puedo plasmarlo todo: mis ideas, mis ideales y mis fantasías." (Extracto del texto escrito por Ana en su diario el 5 de abril de 1944). A pesar de todo, Ana Frank logró ser una escritora famosa, tal y como ella deseaba; aunque nunca llegaría a saberlo.
De las ocho personas refugiadas en la Casa de atrás, y que serían capturadas el 4 de agosto de 1944, sólo Otto Frank (el padre de Ana) sobrevivirá a los campos de concentración. Después dedicaría el resto de su larga vida a divulgar el diario de su hija. Ana murió creyendo que ninguno de sus padres había sobrevivido al holocausto. Su madre murió de inanición, y su hermana murió (también de tifus) poco antes que ella.
El diario de Ana Frank no puede dejar indiferente a nadie. Y es, quizá, en muchos aspectos la obra de no ficción más importante que jamás se haya escrito.

Autor del artículo: Miguel Bravo Vadillo

Miguel Bravo Vadillo nace en Badajoz en 1971. Es colaborador habitual de la revista cinematográfica Versión Original, editada por la Fundación ReBross de Cáceres. En los últimos años ha publicado poemas y cuentos en la colección El vuelo de la palabra, editada por el ayuntamiento de Badajoz. Fue uno de los autores seleccionados para la 4ª entrega de “3X3 Colección de poesía”, que dirige Antonio Gómez y publica la Editora Regional de Extremadura. En 2013 Ediciones Vitruvio ha publicado su poemario Destellos.


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