sábado, 5 de octubre de 2013

"El discurso vacío", de Mario Levrero

El discurso vacío, de Mario Levrero (Caballo de Troya, 2007)



Título: El discurso vacío
Autor: Mario Levrero
Género: Diario
Primera edición: 1996
Edición comentada: Caballo de Troya (2007)


A medida que avanzaba en la lectura de esta obra de Mario Levrero (ignoro hasta qué punto El discurso vacío, libro escrito a modo de diario, será autobiográfico: intuyo que lo es bastante, o así lo parece al menos a nivel espiritual; después de todo, como dijera Unamuno, “uno escribe siempre sobre sí mismo”, se entiende que incluso cuando escribe ficción, aunque, por otra parte, tampoco es menos cierto que cuando escribimos sobre nosotros mismos lo hacemos con plena conciencia de estar transformándonos en ficción), a medida que avanzaba en su lectura, decía, me dio por pensar que “el discurso vacío” al que hace referencia el título era una traslación, una metáfora si se prefiere, de la vida carente de sentido. Así mismo, no sé por qué, al meditar sobre esos ejercicios caligráficos que el protagonista dice realizar, me han venido a la mente los ejercicios espirituales de Loyola; quizá por esa fe que ostenta el protagonista de la obra y que le lleva a creer que siguiendo los medios adecuados podrá alcanzar el fin que persigue, y porque ese fin no deja de estar relacionado –consciente o inconscientemente– con un exhaustivo examen de conciencia. Y es que hay en El discurso vacío, de Mario Levrero, bastantes puntos de conexión con la manera en que el hombre del Barroco entendía la religiosidad y la espiritualidad.
Precisamente durante el Barroco los conceptos de culpa y pecado se ponderan con extremada sutileza, lo que facilita el desarrollo del llamado casuismo. Dicha corriente casuística (hablamos de teología moral) se mueve en los límites de un laxismo moral (el narrador de El discurso vacío habla a veces de una relajación de los músculos, cosa que le desagrada) especialmente preocupado por un minucioso examen de las circunstancias que habrán de determinar la responsabilidad del “pecador” (en el caso de los ejercicios espirituales, las circunstancias específicas de cada ejercitante), llegando a enfocar desde una perspectiva práctica la moralidad o inmoralidad de nuestras acciones en un caso particular. Y tal hace nuestro protagonista para neutralizar el sentimiento de culpa que le provoca la muerte de su madre en sus ejercicios del 22 de septiembre: “Si la culpa es real –nos dice–, ella ha sido perdonada por mi madre y por Dios, pues todo el mundo sabe que la culpa no genera nada bueno, y que el arrepentimiento consiste justamente en no volver a pecar, es decir, en no volver una y otra vez sobre un hecho pasado inmodificable”. Es reseñable, por otra parte, que sea precisamente su madre quien hizo que el protagonista creciese con esa sensibilidad especial hacia la culpa, y que sea un sacerdote quien le hace ver que su “sentimiento de culpa es exagerado y se basa en hipótesis no comprobables, acerca de cómo podrían haber sido las cosas si hubiera hecho tales otras cosas”
Esas nociones de culpa y pecado aparecen exteriorizadas, también casi al final del libro, por una serie de referencias escatológicas, tanto en la acepción relativa a las postrimerías de ultratumba (muerte de la madre) como la relativa a las acepciones de suciedad y putrefacción (la carne podrida que oculta el perro en lo que el autor llama cementerio particular) y con las que parece querer herir intencionadamente la sensibilidad del lector. Es imposible no advertir que el protagonista relaciona inconscientemente esa carne putrefacta que entierra el perro con la de la propia madre muerta (en cierto modo algo tan sagrado para él como pudiera ser una reliquia para el creyente). Y es, asimismo, difícil no poner en relación algunos referentes sensoriales del Barroco, como la fascinación morbosa por todo lo macabro, con reflexiones de carácter más ascético, como las reflexiones sobre la muerte o sobre la ejemplaridad del sufrimiento. Y esto sin mencionar cuestiones tales como la predestinación y el libre albedrío (entiéndase, para nuestros fines, fatalismo y voluntad), que tanta polémica despertaron en aquella época y que Levrero trata de poner en su justo equilibrio hacia el final de su libro, como veremos más adelante. 
En cualquier caso, es evidente que con sus ejercicios caligráficos (o espirituales) el protagonista de El discurso vacío pretende, ante todo, educar su carácter (o, a nivel espiritual, perfeccionar su alma: lo que implicaría el logro del ansiado equilibrio de sus potencias –entendimiento, memoria y voluntad–, aparentemente tan destempladas) y, con ello, convertirse en artífice de su destino. Y esta pretensión nos remite directamente a la célebre frase de Heráclito, que entre nosotros popularizó el poeta español Luis Cernuda: “Carácter es destino”
Es curioso, pero cuando el narrador escribe sus sueños se despreocupa de la letra de sus ejercicios, y a pesar de ello la letra es legible. En cambio, cuando no escribe sueños rara vez consigue dibujar bien la letra porque se desvía hacia el discurso (y éste deforma la letra y, así mismo, el carácter). Por tanto, la única razón por la que pretende, aunque en vano, hacer un discurso vacío es para que éste no estorbe sus progresos caligráficos ni el consiguiente perfeccionamiento de su carácter, el cual le llevará a la consecución lógica de ese destino que anhela, al control sobre su propia existencia y a la realización de su objetivo último: en primer lugar encontrarse a sí mismo, y luego ser más y mejor él mismo (anhelo que ya elogiaban los clásicos y que en nuestros días suele disfrazarse bajo consignas de eso que se ha dado en llamar inteligencia emocional: “sé la mejor versión de ti mismo”, nos dicen; todo lo cual no tiene otro propósito que el de sentirse plenamente realizado). No hace mucho leí en Vargas Llosa lo siguiente: “quien escribe intuye que sólo ejercitando esa vocación se sentirá realizado, de acuerdo consigo mismo, volcando lo mejor que posee, sin la miserable sensación de estar desperdiciando su vida”. Y esto es, creo yo, lo que persigue en última instancia Mario Levrero con El discurso vacío. Pues, en definitiva, se escribe para hallar la verdadera identidad, el nombre verdadero, como apunta el autor en su notación del día 13 de noviembre: “Quiero escribir y publicar. Tengo necesidad de ver mi nombre, mi verdadero nombre y no el que me pusieron, en letras de molde. Y más que eso, mucho más que eso, quiero entrar en contacto conmigo mismo, con el maravilloso ser que me habita y que es capaz, entre muchos otros prodigios, de fabular historias o historietas interesantes. Ese es el punto. Esa es la clave. Recuperar el contacto con el ser íntimo, con el ser que participa de algún modo secreto de la chispa divina que recorre infatigablemente el Universo, lo anima, lo sostiene, le presta realidad bajo su aspecto de cáscara vacía”. Y así, habiendo logrado ser quien realmente es, ya puede sentirse preparado para la muerte (sentimiento platónico donde los haya). De hecho, a mi modo de ver, este pequeño libro (sencillo en apariencia) es para su autor, antes que ninguna otra cosa, una preparación para la muerte. 
Sin embargo, el protagonista de este curioso diario no parece contar, en un principio, con los serios obstáculos que se le irán presentando a medida que trata de llevar a cabo su cometido. Entre ellos, las casi omnipresentes interrupciones, o lo que él llama factores de marginación: ansiedad, zumbidos, puertas ruidosas, la empleada invasora, las exigencias de su hijo Ignacio, o el carácter contrapuesto de su esposa Alicia. Todos esos factores externos que parecen confabulados para que el espíritu no pueda concentrarse en la plausible consecución de sus objetivos y hacen que el narrador se sienta como “un hombre en suspenso”, viviendo períodos de existencia provisionales en los que, en ocasiones, parece que viviera –y aquí se torna kafkiano– la vida de otro. 
Pero yo me pregunto si en esa obsesiva búsqueda de uno mismo, y de la propia perfección, no habrá cierto matiz egoísta. El personaje narrador creado por Levrero parece preocuparse más por sí mismo que por los seres queridos que lo rodean, a los que considera incluso un estorbo para el logro de sus esotéricos fines. Y, a pesar de todo, no sólo les dedica el libro sino que, en su notación del 17 de diciembre, admite que esos ejercicios que comenzaron siendo caligráficos degeneran a menudo en otra cosa debido a su falta de comunicación con su mujer (Alicia), que esas páginas que escribe se han convertido de manera natural en un medio de comunicación con ella; pues el autor vive siempre en función de otra persona, como él mismo admite. Y esto hace que se sienta como “un náufrago que escribe mensajes y los arroja al mar dentro de una botella”. Después de todo, ¿qué es escribir, sino arrojar mensajes al mar esperando que alguien los lea? El escritor necesita soledad para escribir, y a su vez escribe para conjurar esa soledad. Son muchas las contradicciones que asedian al escritor; pero quizá ésta no sea una de ellas, pues la soledad que necesita para escribir y la que quiere remediar son muy distintas soledades. Eso no quita para que reflexionemos sobre otra aparente contradicción: la del escritor tan generoso con sus desconocidos lectores y tan egoísta, en ocasiones, con las personas que tiene a su lado; o la del escritor que escribe para sí mismo, para hacerse a sí mismo, para inventariar su propia alma a la par que la perfecciona (objetivo en el libro de Levrero de los llamados ejercicios caligráficos), y que luego se da cuenta de que a fuerza de ahondar en sí mismo y en su propia soledad se ha convertido en una especie de náufrago y que su obra es una llamada de auxilio, un intento de comunicarse con los demás del único modo que sabe hacerlo: escribiendo y publicando lo escrito (pues “escribir para ocultar lo escrito es locura” , Cicerón). 
Uno de los factores externos que más parece alterar el carácter del protagonista es el de la inminente mudanza (la familia al completo, perro incluido, está a punto de cambiar de hogar; a nivel de los ejercicios espirituales, Loyola nos diría: “en tiempo de desolación nunca hacer mudanza, mas estar firme y constante en los propósitos… Porque así como en la consolación nos guía y aconseja más el buen espíritu, así en la desolación el malo, con cuyos consejos no podemos tomar camino para acertar.”). De hecho, la mudanza, cuando al fin se produce, no parece cambiar las cosas a mejor sino todo lo contrario. 
Esto me ha hecho reflexionar sobre esos finales abiertos de los cuentos de Chéjov, en los que el lector se pregunta si el protagonista del relato podrá cambiar su vida a mejor más allá de ese final no resuelto; pero llegamos a la conclusión de que tal cosa no es posible, porque esos personajes tan bien perfilados por el genial cuentista ruso adolecen de cierto carácter fatalista (de nuevo la idea de fatalismo, de predestinación) que domina sus vidas por completo (y carácter es destino, ¿recuerdan?), del tal modo que retratar un pedazo de sus vidas –por breve que éste sea– es como retratar sus vidas enteras hasta el día de su muerte. 
Es indudable que un hombre no puede cambiar de vida sólo por cambiar de casa (la casa se convierte en algún momento de la obra de Levrero en metáfora de la vida), o de coche, ni siquiera cambiando de esposa o de trabajo. Para que el cambio fuera real, habría que cambiar de cerebro (pues en su cerebro, en las ideas y prejuicios de éste, residiría su verdadera vida). Es decir, habría que cambiar de carácter, como pretende el protagonista de El discurso vacío. Y para que nuestra vida cambiase a mejor, deberíamos procurarnos un carácter mejor. 
Pero, finalmente, el protagonista de El discurso vacío concluye que esto es imposible; no sólo porque, en cierto modo, el carácter nos viene dado de nacimiento, sino porque a partir de cierta edad uno sólo es consecuencia de sus acciones anteriores, uno recoge lo que ha sembrado en su juventud y ya no hay forma de salir de esa selva que se extiende fatalmente ante nosotros; porque, además, salir de la selva significaría perdernos a nosotros mismos de vista, caer en el vacío, justo lo que queremos evitar. Nosotros mismos somos esa selva (ya no podemos ser otra cosa, no en esta vida) y sólo podemos salir de ella con la muerte. En cierto modo, cuando uno se prepara para la muerte y siente que ya ha alcanzado ese objetivo, el siguiente paso que debe dar, y el único consecuente, es precisamente ese: morir. No hay otra salida de uno mismo. Y si no es esto lo que quiere hacer, debe quedarse quieto y “dejarse llevar”. 
Y esta es la opción que escoge el protagonista del libro: dejarse llevar. Pero un “dejarse llevar” en el que el sujeto encuentre cierto equilibro entre ese fatalismo que proviene de lo más hondo de nuestra propia condición humana (de la imposibilidad que ésta lleva implícita de hacer frente a los designios más violentos de la fortuna) y nuestro libre albedrío. No se trata, pues, de hacer apología de una actitud negativa ante la vida, ni siquiera de una vía negativa de conocimiento. No es la vía negativa de Miguel de Molinos (que, en cierto modo, preconizó San Juan de la Cruz), no es la reivindicación de una experiencia mística basada en la pasividad del individuo, en el vacío sustancial del espíritu que sólo Dios debe ocupar (“el alma, a quien se le ha quitado el discurso” escribió Molinos). No se hace aquí el elogio de la nada. Tampoco nos habla Levrero del “dejarse llevar” del hombre descorazonando, del hombre que ha perdido todo interés en la vida, al estilo de Meursault (el protagonista de El extranjero, de Albert Camus); sino de ese “dejarse llevar” que encuentra su equilibrio entre el fatalismo y el libre albedrío y le hace tomar una nueva conciencia de sí mismo, aprender a vivir de otra manera y ser, de nuevo, el protagonista de sus propias acciones. Él mismo, en su notación final del 22 de septiembre, lo dirá con estas palabras: “aún estoy vivo (…), aún puedo llegar a situarme en mí mismo: todo es cuestión de encontrar cierto punto justo, mediante cierta voltereta espiritual (…). Hay una forma de dejarse llevar para poder encontrarse en el momento justo en el lugar justo, y este dejarse llevar es la manera de ser el protagonista de las propias acciones cuando uno ha llegado a cierta edad”. Maquiavelo lo explica mucho mejor que yo en la primera parte del capítulo XXV de El príncipe (absténgase el curioso lector de leer el último párrafo de dicho capítulo, o descubrirá que no fue Nietzsche el primero en decir aquel despropósito de que la fortuna es mujer). 
No creo necesario ahondar en las referencias que abundan en esta obra del gran autor uruguayo al pensamiento de otros autores, pero he querido señalar algunas –entre tantas que podrían escogerse– aunque sólo sea de manera sucinta; por ejemplo, Kafka (“Hoy me levanté temprano (…) y sentí el cuerpo monstruoso y desorganizado, como si me hubiera transformado en una especie de sapo…”), Manrique (“escribo para despertar el alma dormida, avivar el seso y descubrir sus caminos secretos…”), Ortega y Gasset (“uno es uno mismo, pero también su entorno”), Platón (“el alma participa de un conocimiento de orden superior, al cual nuestra conciencia no tiene acceso de forma directa”), o ese existencialismo sartriano (el hombre es como él se hace) que parece rezumar por toda la obra. Aunque a veces da la impresión de que lo que el protagonista anhela es parecerse a sí mismo, quizá a una esencia precedente a su existencia, una esencia de carácter, ciertamente, más platónico. Así escribe el 15 de enero: “A pesar de las circunstancias, que hacen de estos ejercicios una tarea improcedente, me sumerjo en ellos buscando mi centro, que no he de encontrar por cierto, pero al menos trato de aproximarme”
Y, llegados a este punto, quizá el lector se pregunte para qué sirve la “buena letra” si el discurso siempre estará vacío, siempre será intrascendente; dicho de otro modo, para qué afanarse tratando de conseguir la mejor versión de uno mismo si la vida, al fin y al cabo, no tiene sentido y carece de cualquier tipo de trascendencia. Cada uno deberá buscar la respuesta en su propio corazón. Lo que sí está fuera de toda duda es que Mario Levrero sabe cómo transmitirnos esa fe auténtica que deposita en su obra (lo cual no deja de ser una manera de resolver otra polémica puramente teológica propia del Barroco: ¿qué tiene más valor cara a la salvación del alma, la fe o las obras?). 
La lectura de El discurso vacío, de Mario Levrero, es de todo punto recomendable. Su prosa es de las más fluidas que he leído, y hechiza ese tono sincero, humilde y cómplice con el lector que parece adoptar con una facilidad pasmosa (haciendo fácil lo realmente difícil). En realidad, su discurso no está nada vacío, sino repleto de reflexiones interesantes y sugestivas, trazadas con un léxico (grafía, diría él) claro e inteligible. Y es que todo cuanto parece apartarle del objetivo que se ha trazado (de ese destino aparentemente ilusorio que persigue) no son sino experiencias vitales que enriquecen su percepción de la vida y del cosmos (son la esencia del viaje, el magisterio de la odisea homérica y la constatación de que no estamos solos en el mundo). Como el personaje dice en un pasaje, “presiento que tras la apariencia de vacío hay muchas, demasiadas cosas”
Y como reflexión final no puedo dejar de apuntar algunas preguntas que, sin duda, le surgirán al futuro lector de este libro: ¿hasta qué punto el texto literario se somete a nuestro control o tiene vida propia y sus propias e insoslayables exigencias?, ¿hasta qué punto ese texto consigue adentrarnos en un mundo, por antonomasia rebelde e indómito, que supera nuestras expectativas y prevenciones?, ¿hasta qué punto decimos lo que queremos decir cuando escribimos o deseamos comunicarnos con quienes nos rodean?, ¿hasta qué punto la literatura misma puede ser considerada un ejercicio caligráfico y terapéutico? En fin, responder a estas y otras preguntas nos llevaría aquí demasiado espacio. En cualquier caso, el propio autor arguye que ya no busca respuestas, sino que le basta con las preguntas. 
Al fin y al cabo, a todo cuanto decimos (o escribimos) ¿no lo rodea el silencio?; y el Universo mismo ¿no se expande hacia el vacío, hacia el infinito vacío que todo lo sostiene, callado e inmutable?
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Autor del artículo: Miguel Bravo Vadillo

Miguel Bravo Vadillo nace en Badajoz en 1971. Es colaborador habitual de la revista cinematográfica Versión Original, editada por la Fundación ReBross de Cáceres. En los últimos años ha publicado poemas y cuentos en la colección El vuelo de la palabra, editada por el ayuntamiento de Badajoz. Fue uno de los autores seleccionados para la 4ª entrega de “3X3 Colección de poesía”, que dirige Antonio Gómez y publica la Editora Regional de Extremadura. En 2013 Ediciones Vitruvio ha publicado su poemario Destellos.


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