martes, 26 de noviembre de 2013

"El viejo y el mar", de Ernest Hemingway

 
Portada de Life, de septiembre de 1952. La revista publicaba El viejo y el mar en primicia. 

Título: El viejo y el mar
Autor: Ernest Hemingway
Género: Novela
Primera edición: 1 de septiembre de 1952, The Old Man and the Sea, Revista Life



EL VIEJO Y EL MAR, DE ERNEST HEMINGWAY
Miguel Bravo Vadillo

El viejo y el mar, de Ernest Hemingway, es una novela conciliadora. Nos concilia con la humanidad, con la naturaleza, con la vida, con el mundo y aun con el destino incierto del hombre. Su lectura deja un poso de quietud en el alma. Hemingway consigue con esta novela que el hombre, el lector, no se sienta solo en su odisea particular: alguien ha comprendido los rasgos que definen (a la par que limitan) la frágil pero perseverante naturaleza humana y ha sabido poner sobre el papel preocupaciones y conflictos de carácter universal. No en vano, su autor, cuando la escribía, pensaba en universales, tal y como hacían los antiguos griegos. Y pensar en universales, al decir de Pavese, significa “formar parte de una sociedad que, si bien no ha abolido el dolor, la angustia espiritual o física y la problemática de la vida, sí dispone de instrumentos para sostener una lucha común y unánime contra el dolor, la miseria y la muerte”. Y si pudiésemos preguntar al propio Hemingway por el principal de esos instrumentos, no me cabe la menor duda de que respondería que ese instrumento es el valor.
El viejo y el mar es una novela que engarza con la tradición de la épica griega (después de todo, es en la mal llamada “poesía épica”, que nunca fue verdadera poesía, donde hay que buscar el más lejano precedente de la novela), aunque en este caso Hemingway trace la epopeya de un hombre sencillo, además viejo, muy alejado de los caracteres externos del héroe grecorromano; pero, creo, en cualquier caso, que estamos ante la figura de un héroe moderno en una época en la que la novela se centraba, casi de manera absoluta, en la figura del antihéroe (cabría citar a Meursault, el protagonista de El extranjero, la célebre novela de Albert Camus, como una clara antítesis de este personaje de El viejo).
El viejo y el mar es un canto a la esperanza en una época en la que el mundo había sufrido dos guerras mundiales casi seguidas. Es también un canto de respeto a la naturaleza en la época de las grandes migraciones del campo a la ciudad; un canto en el que se demuestra, y se acepta, que la naturaleza puede ser hostil con el hombre pero que es hermana del hombre porque éste, como ser vivo, forma parte de la propia naturaleza. Y tiene, además, su particular mensaje ecológico: no se puede dominar la naturaleza sin respetarla. Podemos ver que el hombre no es gran cosa comparado con las fuerzas de la naturaleza. Ésta lo sobrepasa, al mismo tiempo que la fortuna y determinados imperativos de la vida lo limitan y condicionan. Pero el hombre puede mantener su dignidad y su lucha si se esfuerza en ello y usa bien su inteligencia y el pundonor que lo hace grande (estamos leyendo a Hemingway). Y lo inteligente, y lo honesto, es que el hombre se alíe con la naturaleza si quiere sobrevivir: protegerla es protegerse a sí mismo. Hay un pasaje en que hombre y pez navegan juntos, con un objetivo común: llevar la barca (a distintos niveles de lectura, la barca puede ser símbolo del planeta y aun del propio espíritu del hombre) hacia un puerto seguro.
El viejo y el mar es también una novela en la que se produce una curiosa sublimación platónica: un hombre solo en medio del mar se convierte en metáfora, en representación de todos los hombres, de la humanidad al completo. Es difícil leer esta novela y no meterse en la piel del personaje, y no sentirse (a poco que se tenga algo de experiencia de la vida) reflejado en el personaje. Pero sabemos que es el reflejo de todos los hombres, de ahí que la obra nos hermane y nos aproxime al sufrimiento de los otros, que es nuestro propio sufrimiento. Y así es como el autor pone de relieve que es necesaria la solidaridad entre los hombres si queremos hacer de este mundo un lugar más habitable. Al fin y al cabo, es difícil sentir la necesidad de ser solidarios si no nos concienciamos primero de que incluso la individualidad y la libertad más acérrimas (y que quede claro que yo defiendo esa libertad y esa individualidad) no pueden sostenerse fuera de una fraternidad universal para con la naturaleza y nuestros semejantes. Es necedad lanzar bombas contra cualquier lugar de este mundo, abrigando la pretensión de que nuestra propia casa quede intacta (nuestra casa es el mundo); dicho de otro modo: todo el daño que hacemos a los demás acaba por revolverse, de una forma u otra, contra nosotros mismos. No hay solidaridad, por tanto, sin una conciencia previa de fraternidad, de pertenencia a una colectividad y a un destino común.
El viejo y el mar es una novela poética, narrada con tal contención y sencillez (con los elementos justos e imprescindibles, sin abusar de ningún recurso, sin divagaciones ni subterfugios) que jamás cae en el patetismo. Podemos encontrar en esta obra de Hemingway lirismo, poesía contenida; pero nunca patetismo. En ningún momento el protagonista siente lástima u horror por su condición de hombre, al contrario, la acepta con orgullo y enfrenta las pruebas a las que se ve sometido con virilidad y estoicismo, resistiendo hasta el final. El viejo de la novela no sucumbe a sentimientos derrotistas ni de autocompasión. Hay en esto, a mi modo de ver, una clara superación de ese fatídico pesimismo que arrastraba a los personajes de la tragedia griega hacia un final indefectiblemente funesto (como si, en cierto modo, todos se complacieran en sus desgracias y en poner fin a sus vidas de la manera más dramática posible). El viejo sabe que la vida es lucha, y aun así aprecia la vida y no se rinde ante la lucha. Resiste. Y quien resiste, como ya decía Cela, gana. Si la victoria no es física, lo será moral. Los verdaderos héroes de la Ilíada, ya lo dijo Borges, no son los griegos, sino los troyanos. Hemingway enfrenta la épica a la tragedia (no sólo a la tragedia griega, sino también a la concepción trágica que de la vida tenían algunos de los fundadores de la tradición literaria norteamericana, tales como Melville o Hawthorne; puede que el estilo de Moby Dick tenga cierto acento épico, pero la historia que narra es trágica: al final todos mueren, menos el narrador, pues de lo contrario nadie hubiese podido contar la historia), y recupera para la novela –como ya he dicho más arriba– algo insólito en sus argumentos: la figura del héroe y la dignidad de la épica, en la que las voces del coraje y la esperanza vivifican el quehacer diario de un hombre sencillo y su pugna por la subsistencia.
  En un rasgo de absoluta maestría, el desahogo a tan vigorosa contención nos llegará a través del llanto del muchacho (el otro personaje humano de la novela). El muchacho llora por ese destino del hombre expuesto a constantes trabajos que no siempre dan los frutos apetecidos (Albert Camus nos hablaría sobre el trabajo absurdo y el destino absurdo del hombre en El mito de Sísifo), trabajos a los que sólo puede poner fin la muerte. Con inteligencia y sensibilidad el autor coloca ese llanto en el niño, y no en el anciano (pues ese gesto podría ser tomado como un rasgo de debilidad en quien, a lo largo de su aventura marina, sólo ha demostrado fortaleza y entusiasmo); pero en ningún momento hay concesiones a la sensiblería en la novela, narrada con un estilo sencillo y directo. El viejo pone su esperanza en el trabajo que mejor sabe hacer, y no considera que esa esperanza sea absurda. No importa que lleve ochenta y cuatro días sin pescar un pez, seguirá insistiendo hasta lograr lo que persigue, pues considera que para eso ha nacido. Y tampoco importa si luego pierde el pez que tanto trabajo le costó capturar, porque al día siguiente volverá a echarse a la mar en busca de otro. Sabe que la mala suerte no puede durar siempre: está bien tener suerte, como él mismo dice, pero él confía más en el trabajo bien hecho. Hay toda una filosofía de la vida compendiada en El viejo y el mar.
En cierto modo, toda la novela es una alegoría que vendría a representar la vida esforzada de los hombres y, por tanto, también la del propio Hemingway. Pero, siguiendo la estela de esa primera generación de grandes escritores estadounidenses (Melville, Hawthorne, Emerson, Whitman, Thoreau…), Hemingway va más allá de la simple alegoría, más allá incluso de una mera interpretación épica del mundo, o de la descripción poética de la realidad (aunque ésta sea de un extremado carácter vitalista), logrando lo que aquellos persiguieron (y que más que lograrlo supieron profetizar): la meta de un lenguaje que se identificara con las cosas, un lenguaje claro y acorde con la realidad que describe, al tiempo que trascendiera sobre su significado directo hacia una realidad de carácter más simbólico y mitológico. Y es que El viejo y el mar es una novela reveladora, y en ella convergen en una unión vital y armónica tanto el mundo del trabajo (ilustrado por la dura tarea del pescador) como una lúcida y sofisticada concepción de la espiritualidad humana. Tal es así, que si Moby Dick es, en cierto modo, el Antiguo Testamento (incluso a su grosor me remito) de la literatura norteamericana, habría que considerar El viejo y el mar (un volumen más liviano pero no menos trascendente) como el Nuevo. Y es que hay en esta pequeña novela incluso cierto carácter redentor de la carga existencial que lleva consigo el mero hecho de haber nacido hombre.
  Pero lo cierto es que la novela ofrece diversas interpretaciones, según los distintos niveles de lectura a que nos acojamos: humanista, religioso, cosmogónico, metafísico, etc. El pez puede simbolizar la propia naturaleza humana, a la que hay que sujetar y educar para aprender a vivir, y con la que debes contar para llegar a buen puerto. El hombre (y aun su espíritu) no debería sobrepasar ciertos límites, no debería adentrarse en aguas desconocidas, donde no puede contar con su experiencia y donde la suerte, como siempre, puede estar o no de su parte; pero, desde luego, se vuelve más incierta. Sin embargo, al hombre le puede la curiosidad y la necesidad de superarse a sí mismo, de descubrir qué misterios, qué fuerzas se ocultan tras aquello que le inspira temor (¿afán de conocimiento, simple temeridad?). También es cierto que quien no se arriesga no gana, y El viejo sólo consigue su pez cuando se adentra en esas aguas desconocidas, pero también por esa misma razón lo pierde. Los tiburones son todos aquellos que tratan de aprovecharse del esfuerzo de los demás, llevándose sus ganancias, pero también (a otro nivel de lectura) son los enemigos espirituales del hombre, y aun de la humanidad en su conjunto (podríamos considerarlos fantasmas de raigambre metafísica y espiritual). Los tiburones también pueden simbolizar cualquier tipo de mal o enemigo de nuestra naturaleza, incluso una enfermedad como el cáncer (que, poco a poco, nos roe por dentro).
El viejo es la representación de la humanidad al completo (existe, ya lo dije antes, una sublimación platónica del hombre, así como de todos los elementos que aparecen en la novela), pero también, por tanto, de cada uno de nosotros y, desde luego, del propio Hemingway; ya que El viejo es también un alter ego de su autor. El gran pez de éste sería su novela, contra la que nada pudieron hacer esta vez los tiburones (¿la crítica, que tan dura fue con su libro anterior?, ¿el público?, ¿los editores?, ¿todos?). El viejo y el mar resultó ser un éxito sin precedentes en la carrera de Hemingway. Con ella ganó el premio Pulitzer en 1953,  y un año después (y algo tendría que ver en esto dicha novela y su gran acogida) el Nobel a toda su obra.
Puede que la trama de la novela avance con cierta “lentitud”, metáfora de un estilo de vida sosegado y de la soledad del mar que transmite el texto, una vida muy diferente de la que se lleva en las grandes ciudades. Pero también tiene mucho que ver, creo yo, con el hecho de que conseguir hacer realidad los propios sueños (conseguir un determinado objetivo que valga la pena en la vida) es algo que requiere mucho tiempo y trabajo. No es de extrañar, entonces, que El viejo tarde tanto en pescar su pez, y que Hemingway se deleite en mostrarnos las precauciones y diligencias del personaje en su quehacer diario, su esfuerzo, su paciencia y su temple, a la par que sus visiones sobre el mundo y la naturaleza, la soledad, la poesía, las angustias, los temores de la vida del hombre solo en medio del mar (solo en el mundo). En El viejo y el mar hay toda una épica del trabajo bien hecho, y que no siempre llega a buen puerto. Pero incluso el aparente fracaso tiene su parte de victoria: siempre aprendemos algo de él. Y, aunque El viejo sólo llega a la costa con el “esqueleto” del pez, eso le vale para demostrar que lo ha pescado, y que era enorme, y recupera el respeto de sus compañeros de oficio y la admiración del muchacho que vuelve a faenar con él (maestro y discípulo, vejez y juventud, completando y dando continuidad a un ciclo vital). Y, por supuesto, volverá a recuperar la confianza en sí mismo (no debemos subestimar la influencia de Emerson en nuestro autor) y a soñar con leones marinos.
La eximia tradición literaria norteamericana anterior a la llamada generación beat (desde Poe y Hawthorne hasta Faulkner y el propio Hemingway) daba sus últimos y agónicos coletazos cuando nuestro autor sorprendió al mundo entero con esta novela que revitalizaba precisamente lo mejor de esa tradición, lo mejor de una época que, y Hemingway era consciente de ello, había llegado a su fin. En este sentido El viejo y el mar es un canto de cisne en toda regla, y nada podía hacer ya su autor sino volver al pasado glorioso, a los días "pobres pero felices" que vivió en París, y entregarse a la redacción de París era una fiesta (obra que saldría a la luz póstumamente). También Hemingway había comprendido que su propio final estaba a las puertas. Quizá, como él mismo escribió en la novela que nos ocupa, debería haberse enfrentado a las nuevas circunstancias en lugar de mirar al pasado; pero entonces los lectores hubiésemos perdido la oportunidad de gozar de esas memorias ambientadas en el París de los años veinte. Vaya lo uno por lo otro.
Dicen que Hemingway era un hombre depresivo y que albergaba sentimientos contradictorios para con la humanidad. Sentía que la humanidad estaba en deuda con él (lo pasó mal hasta conseguir éxito literario, que no se le reconoció enseguida), pero también él se sentiría en deuda con la humanidad por las muertes que provocó en la guerra. Esta novela podría ser una manera de saldar muchas cuentas pendientes. Para colmo de males, en los últimos años de su vida tuvo problemas psicológicos, vivía acuciado por ideas paranoicas y por un estado de salud que empeoraba día a día. “Si no puedo existir como yo quiero –confesaba a un amigo en junio de 1961–, la existencia es imposible. Así es como he vivido y así es como debo vivir… o no vivir”. En la madrugada del 2 de julio se suicidó con uno de sus rifles de caza. Sin duda, el hombre al que tantas veces había rondado la muerte, no quiso morir de una manera absurda, y la manera menos absurda de morir es disparando contra esa fiera que uno lleva dentro, como tantas veces lo hizo con otros leones menos feroces y peligrosos. No mató al hombre vivo, sino a la decrépita vejez que estaba en ciernes (a sus fantasmas pasados y a los tiburones presentes); y, como ya dijera Montaigne (querido maestro), "no es tan grave salto el del malestar al no ser, como el salto de ser persona florida a ser persona dolorida y achacosa". Hemingway supo mirar a la vida cara a cara, sin adornos ni máscaras que la encubrieran, y cara a cara miró a la muerte (para la cual, como reza el verso de Shakespeare, todo es sentirse maduro).
El viejo y el mar es el legado admirable de un hombre que vivió, que gozó y sufrió, que sabía de qué hablaba, que sabía cómo contar lo que quería y necesitaba contar. Un legado con el cual la humanidad se reconciliaba con él y él saldaba sus viejas deudas, si es que acaso se sentía deudor. En cualquier caso, es una novela que justifica una vida. Para mí una obra cumbre de la literatura universal. Una novela recomendable para todas las edades (la he leído dos veces con bastantes años de distancia entre ambas lecturas), y es una novela que –como todo buen libro– crece con el lector.
Hemingway nos demuestra con esta novela que el hombre moderno también puede ser un héroe en su día a día, y en el mundo que le ha tocado vivir; porque, como podemos leer en una de sus páginas, el hombre no ha nacido para ser derrotado. El viejo pescador ha perdido la batalla ese día, pero al siguiente volverá a su tarea con ánimo resuelto, alentado por el hecho de que hizo cuanto estuvo en su mano para lograr el triunfo en su empresa. También los fracasos nos ayudan a franquear obstáculos, a instruirnos y superarnos a nosotros mismos. El camino hacia el éxito está sembrado de fracasos. Pero si nos desanimamos con la derrota, jamás conseguiremos la victoria. La lección de El viejo y el mar es una lección de vida y de esperanza.
He aquí algunas de las muchas citas que podríamos resaltar de esta gran novela: “Cada día es un día nuevo. Es mejor tener suerte, pero yo prefiero ser exacto”, “Se enfrentaba a las nuevas circunstancias, sin pensar jamás en el pasado”, “El éxito requiere sufrimiento”, “El hombre no está hecho para la derrota. Un hombre puede ser destruido pero no derrotado”, “Ahora no es momento de pensar en lo que no tienes. Piensa en lo que puedes hacer con lo que hay”, “La suerte es una cosa que viene de muchas formas, ¿y quién puede reconocerla?” En fin… la vida misma.
El viejo y el mar es, quizá, después de su propia vida, la mejor novela que escribió un hombre llamado Hemingway, Ernest Hemingway (no le restemos importancia al nombre).



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Miguel Bravo Vadillo nace en Badajoz en 1971. Es colaborador habitual de la revista cinematográfica Versión Original, editada por la Fundación ReBross de Cáceres. En los últimos años ha publicado poemas y cuentos en la colección El vuelo de la palabra, editada por el ayuntamiento de Badajoz. Fue uno de los autores seleccionados para la 4ª entrega de “3X3 Colección de poesía”, que dirige Antonio Gómez y publica la Editora Regional de Extremadura. En 2013 Ediciones Vitruvio ha publicado su poemario Destellos.